Frente a un tablero de madera, con una concentración que desafía sus ocho años, Catalina Pérez Rocha y Alan Francisco Domínguez Sánchez mueven sus piezas con la precisión de veteranos.

Lo que para cualquier niño de su edad podría parecer un juego de mesa, para ellos representa más de cuatro horas diarias de preparación, análisis de partidas y táctica rigurosa.
Catalina y Alan tienen personalidades contrastantes pero complementarias, una dualidad que su entrenador, Víctor Manuel Aguilar Monsiváis, director de Chess Academy, describe a la perfección.
“Los dos son estudiantes muy diferentes; lo que no habla Alan, lo habla Cata, que es muy extrovertida”.

Para ambos, la rutina diaria está lejos de ser común. Catalina, quien empezó a jugar formalmente a los cinco años inspirada por su padre y detectada por su maestra en el colegio, explica que su preparación es intensa.
“Pues primero reviso con mis profes las partidas de mis contrincantes y también practico cuatro horas a diario en clases y plataformas en línea”. Su esfuerzo ya ha dado frutos contundentes: este año se coronó campeona nacional en Aguascalientes y representó a México en el Campeonato Panamericano en Colombia.

Por su parte, Alan comenzó a involucrarse en el ajedrez a la misma edad, guiado por sus dos hermanos mayores y sus padres. Hoy en día, equilibra la escuela con largas jornadas de estudio táctico.
“Lo que más se me hace difícil es controlar los nervios al jugar y no equivocarme. Entreno todos los días cerca de cuatro horas haciendo ejercicios de táctica con mis compañeros y en la tablet”, comparte el pequeño, quien busca consolidar su puntaje FIDE para oficializar su título de candidato a maestro.

Detrás de cada trofeo y medalla hay una red de apoyo fundamental: sus padres. Ana Clementina de la Garza, madre de Catalina, recuerda con orgullo el ascenso de su hija.
“Cata ha estado en torneos estatales, ha hecho nacionales, ha sido subcampeona nacional dos veces y este año se coronó campeona nacional en Aguascalientes. Como papás nos sentimos súper orgullosos; nosotros vamos a estar apoyándola al 100 por ciento hasta donde nos den las posibilidades, y mientras ella sea feliz haciendo ajedrez”.
En la misma línea, Juan Domínguez, padre de Alan, destaca el crecimiento analítico de su hijo.
“Es un orgullo verlo crecer y calcular con tanta agudeza a su edad. Para nosotros como familia implica organizar tiempos entre la escuela, las tareas y las clases diarias, pero ver su pasión hace que todo valga la pena”.

A pesar de los logros y de llevar el nombre de México a competencias internacionales, el camino del alto rendimiento en el ajedrez para los menores de edad enfrenta un obstáculo considerable: los costos.

El entrenador Víctor Manuel cuenta sobre la cruda realidad que enfrentan los talentos mexicanos al clasificar a justas mundiales o norteamericanas.
“Cuando quedan en el Top a nivel nacional tienen el derecho de representar a México en Panamericanos, Norteamericanos o mundiales. Ahí es donde está el problema: viajar a eventos de esos fuera de México es costoso, no son dos o tres días, prácticamente puede ser una semana o más de competencia, y aunque la Federación apoya a veces a los campeones, el verdadero reto es que los gastos del acompañante corren por cuenta de la familia”.
Una postura respaldada por Ana Clementina, quien enfatiza que las familias deben solventar la totalidad de los boletos de avión, viáticos e inscripciones para varios torneos al año, especialmente ahora que Catalina se prepara para representar a México en su categoría Sub-9 rumbo al Campeonato Mundial, y Alan apunta al Torneo Norteamericano en la Ciudad de México.
Hoy, los pequeños reyes del ajedrez, Catalina y Alan, buscan el respaldo de patrocinadores y de la sociedad para continuar sumando experiencias, representando con orgullo a Nuevo León y a México, y persiguiendo sus grandes sueños sobre el tablero.
Mientras Catalina tiene clara su meta máxima.
“Mi sueño es ser campeona mundial en ajedrez, y si lo logro, voy a completar mi meta”.

Alan apunta a seguir escalando peldaños hasta convertirse en gran maestro. Con cada movimiento, estos niños demuestran que, cuando se trata de talento y pasión, en Nuevo León ya le han dado jaque mate a los límites.