Doña Nora Meléndez Treviño y don Gilberto Almaguer Tamez son un matrimonio de voluntarios que saben practicar la solidaridad...
Hace 38 años, el 17 de septiembre de 1988, cuando el Huracán Gilberto pegó en Nuevo León, don Gilberto se levantó a las 3 de la madrugada, como siempre lo hacía, para ir por sus trabajadores para iniciar la jornada en la tortillería familiar que entonces tenían en la colonia La Fama, en Santa Catarina.
Al llegar a la zona que hoy es Valle Poniente, él ya no pudo pasar.
"Quise cruzar para el área de San Isidro, había una camioneta atravesada, me dice un señor que no hay paso, creció el Río, se cayó el vado", dice.
"Venía oyendo en el radio donde ya estaba inundado Montemorelos, Allende, todo", recuerda.
Aun así, fue por un colaborador que vivía en los márgenes del Arroyo El Obispo, y se percató de su drama y del de cientos de familias posesionarias.
"Me dice: la casa se la llevó el agua, alcanzamos a sacar ciertas cosas, aquí está algo que rescaté, pero no puedo ir a trabajar porque se me pierden las cosas... me acordé del bebé y le dije: ¿Y tu esposa y el bebé?". Y me dijo, pues ahí están, entre los trapos", refiere.
"Subimos a la señora y al bebé y la traje al centro de La Fama, con su mamá, y los quise cruzar para el lado de San Pedro, que ahora es San Pedro 400, y tampoco había paso", explica.
Con la catástrofe, había mucho qué hacer, y este matrimonio, siguiendo la mística de San Vicente de Paúl, y con ayuda de los sacerdotes, las damas voluntarias y más colaboradores, habilitaron un albergue, gracias a que una fábrica donó las instalaciones.
"Nos trajimos a varias familias y de repente, cuando volteamos, ya estaba lleno, toda la gente, ya conocían algunos, se fue pasando la voz y se llenó el albergue", asegura doña Nora.
Primero, atendieron a 60 familias damnificadas, y luego a muchas más.
"Fue algo muy impactante porque nunca nadie habíamos visto, al menos de la generación de nosotros, que el Río llevaba tanta agua", comenta.
Durante más de dos meses, ayudaron a darles techo, comida, ropa, medicamentos y enseres.
La tarea fue exitosa por una tarea clave: la organización.
"Quiere decir mucho eso de la organización... teníamos una Unión de la Compra de los Tortilleros, me regalaron una tonelada de harina de maíz. Y dije: si se las dejo, ¿cómo la van a hacer? Les dije yo a ellos: yo la voy a elaborar, elaboraba más de 100 kilos diarios de tortillas y me iba a los albergues a repartir: ¿cuántos necesitas?", recuerda don Gilberto.
Autoridades y asociaciones entregaron terrenos, y enseñaron a los damnificados a autoconstruir sus casas, y así nació la colonia San Gilberto.
"El ejemplo de nuestro patrón, San Vicente de Paúl, era ayudar, pero organizadamente, y hasta la la fecha: es el santo de la caridad de todo el mundo. Siempre Dios pone y va poniendo los medios, y si se hace a nombre de Dios como que todo sale mejor", aclara doña Nora.

Este ejemplo de solidaridad de doña Nora y don Gilberto inspiró a su hijo, Gilberto Almaguer Meléndez, quien entonces era menor de edad, a interesarse por los demás: estudió, fue voluntario y años después fue director de Protección Civil de Santa Catarina, donde el 1 de julio del 2010 fue uno de los héroes sin capa que ayudó a rescatar a ciudadanos de la furia del otro huracán, el "Álex".
Y hoy es director de Protección Civil en el municipio de San Pedro.
"A él siempre, de chiquito, le gustó ayudar", dice la mamá.
"Se creó en ese ambiente de ayudar o de participar. Él acompañaba al chofer a llevar a todos los albergues a dejar leche, a dejar tortillas, a necesidades", comenta el papá.
El huracán Gilberto se llevó vidas, patrimonio e infraestructura, pero dejó un gran legado: el de la solidaridad, un ejemplo que inspira.