Cada mañana, Alfredo Heredia —“Freddy”, como todos lo conocen— inicia una carrera que no aparece en ningún mapa. No hay cronómetro oficial, pero él sabe que puede tardar media hora… o hasta tres horas en llegar a su trabajo. Todo depende de algo tan simple y complejo como que lo dejen subir a un camión.
Freddy trabaja en la Secretaría de Igualdad e Inclusión, promueve derechos y tiene una vida que, en muchos sentidos, es como la de cualquiera: está casado, tiene dos hijos y una rutina laboral. Pero moverse por la ciudad no es una rutina; es un desafío constante.
Su trayecto comienza antes de cualquier transporte. Desde su casa, recorre cerca de kilómetro y medio en silla de ruedas para llegar a la parada. Ahí empieza la incertidumbre. No cualquier unidad le sirve: Freddy solo puede trasladarse en los camiones verdes, que cuentan con condiciones de accesibilidad. Es una ventaja, sí, pero también una limitante si ya vienen llenos.
“Hay veces que los camiones no me quieren subir o ya no hay espacio”, cuenta. “Tengo que esperar uno, dos… hasta horas”.

No es solo el tiempo. Es la negociación silenciosa con conductores, con pasajeros que no ceden el espacio designado, con la infraestructura que apenas alcanza. Es depender de la voluntad de otros para algo tan básico como trasladarse.
Cuando por fin logra abordar, el trayecto no siempre termina en alivio. Las calles, las banquetas y los cruces también imponen sus propias reglas. Baches, rampas inexistentes o mal hechas, autos que no respetan el paso.
Una vez, al intentar cruzar la calle, un camión le dio oportunidad de pasar. Pero otro automóvil no frenó.
“Tuve que acelerar para alcanzar a cruzar… me pasó rozando”, recuerda.

Freddy utiliza una silla eléctrica, una herramienta que le da autonomía, pero también lo condiciona. Cuando falla —como ocurrió hace poco con la batería— su mundo se reduce drásticamente.
“Ni siquiera podía salir a la tienda. Mi esposa hacía todo”, dice.
La movilidad, entonces, deja de ser solo transporte: se convierte en independencia, en participación, en vida cotidiana.
Incluso dentro de su jornada laboral hay obstáculos invisibles. Para tomar el transporte de regreso, Freddy tiene que trasladarse desde la Torre Administrativa hasta la avenida Madero, un recorrido de aproximadamente dos kilómetros en silla de ruedas. Un trayecto que, para muchos, podría parecer corto, pero para él implica riesgos constantes.
En ese camino ha tenido que esquivar baches, sortear calles en mal estado y exponerse al tráfico. No es raro que algo falle: ya se le han reventado llantas y, en más de una ocasión, su silla se ha descompuesto en plena ruta.
Paradójicamente, al llegar al trabajo, el panorama cambia. Ahí sí hay condiciones: espacios amplios, accesibilidad, cercanía.

“Dentro del edificio no batallo”, dice.
La diferencia es clara: cuando hay voluntad y diseño incluyente, la barrera desaparece.
Pero afuera, la ciudad sigue siendo un reto. Incluso salir en familia implica pensarlo dos veces.
“Ir con mis hijos y mi esposa es complicado. Si ella tiene que ver a los niños y además ayudarme a mí… a veces mejor no salimos”.
Aun así, Freddy no habla desde la queja, sino desde la conciencia. Su mirada está puesta en algo más profundo que su propia experiencia.
“Todos tenemos dificultades”, reflexiona. “Si me enfoco en lo negativo, lo voy a sufrir. Pero tengo una familia, una carrera… y eso es lo que veo”.
Su historia también es un llamado. A los conductores que no ceden el paso. A quienes ocupan espacios destinados a personas con discapacidad. A quienes creen que esto es ajeno.
“No es ajeno a nadie”, advierte. “Todos podemos estar ahí algún día”.
Mientras tanto, Freddy seguirá recorriendo la ciudad todos los días. Esquivando baches, esperando camiones, defendiendo su lugar. No solo para llegar al trabajo, sino para abrir camino.
Porque en su trayecto diario no solo se mueve él: se mueve, poco a poco, la idea de una ciudad más justa.
