Hay caminos que no se recorren con los pies, sino con la memoria. Senderos que, cada noviembre, vuelven a iluminarse con pétalos amarillos y anaranjados para recordarnos que hay ausencias que nunca terminan de marcharse.
En los campos del señor Mateo y la Borrada, en la comunidad de La Candelaria, en el municipio de García, el cempasúchil vuelve a pintar la tierra de tonos cálidos y convierte el paisaje en una invitación a recordar lo que se mantiene vivo desde tiempos prehispánicos.
Su nombre proviene del náhuatl cempōhualxōchitl, traducido comúnmente como “flor de veinte pétalos”.
Para nuestros antepasados, particularmente en la tradición mexica, esta flor estuvo vinculada con el sol.
Su tonalidad amarilla y anaranjada representa la luz y ahora, en los altares, sus flores con su fuerte y precioso olor, trazan caminos que guían a las almas durante su regreso al mundo de los vivos.

Cada flor parece guardar el nombre de alguien que ya no está, pero que permanece vivo en las historias y el corazón de quienes lo amaron.
Es una manera de decirles que aquí sigue habiendo un lugar para ellas, que sus recuerdos no se han marchitado y que el amor permanece incluso cuando la presencia física desaparece.
En los campos del señor Mateo y la borrada, cada pétalo parece convertirse en una pequeña luz sobre la tierra.
Una luz que habla de madres, padres, abuelos, hermanos y amigos; de personas que partieron, pero que siguen habitando los rincones más íntimos de nuestra memoria.
Y mientras alguien siga esperando el regreso de sus seres queridos, el cempasúchil seguirá iluminando el camino de vuelta a casa.
