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Don Juan: El Señor de las Palomas

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Por eso, no es raro verlo con palomas y una que otra urraca que le revolotean en la cabeza, los hombros y la espalda.

“Me tienen mucha confianza. Llegan a mi porque saben que les traigo comida. Las he enseñado a socializar, pero, no crea, sí son interesadas”, dice este maestro jubilado universitario de 73 años de edad.

Don Juan es de esos personajes que no pueden faltar en una plaza como la Alameda que actualmente está en remodelación.

Es vecino del Centro de la Ciudad donde siempre ha habitado. “Mi papá fue el que me traía desde niño a darle de comer a las palomas. Se me quedó la costumbre y desde 1970 les doy de comer.

Empiezo en la esquina echando revoltura para pájaros y luego le doy cacahuates a las que se portan bien”, señala este hombre quien se niega a decir sus apellidos.

“Póngale ahí que me llamo Juan Pérez”, dice entre broma y serio.

En la Alameda lo conocen como “El Señor de las Palomas”. En realidad, lo que lo mueve es su amor por los animales por eso detesta todo maltrato hacia ellos.

“Si en todo Monterrey existiera gente como yo no habría Plaza de Toros”, advierte. Con los únicos que no ha podido socializar es con los cotorros.

“Ellos vienen a comer por las mañanas y se regresan a dormir y anidar a La Huasteca de Santa Catarina.

No son como las palomas que se duermen en el Cine Monterrey”, dice con tono conocedor de aves.

A las palomas ya les puso nombre: una se llama María Desamparada porque tiene una pata más grande que otra; un palomo blanco que coquetea con la parvada de hembras se llama Juan Antonio; otra más es la Española, porque tiene un peinetón y otra es Alas caídas porque tiene fracturada una alita.
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