El crimen organizado ya puede mover millones de dólares sin cargar una sola bolsa de efectivo porque han incorporado las criptomonedas a sus operaciones financieras y utilizan teléfonos con aplicaciones cifradas para fragmentar sus comunicaciones, un cambio tecnológico que ha complicado el rastreo del dinero y las investigaciones de la DEA, reveló Gary Owen, director de Operaciones de la agencia antidrogas estadounidense.
Owen aseguró que las criptomonedas aparecen cada vez con mayor frecuencia en las investigaciones y decomisos de la DEA. “Lo vemos cada vez más; la cantidad de criptomonedas que confiscamos y la frecuencia con la que las encontramos es algo que todavía estamos tratando de asimilar completamente”, explicó al hablar de su impacto en el lavado de dinero.
Son declaraciones vertidas en Detonation Point, un videopodcast especializado en seguridad, ciberdelincuencia e inteligencia, conducido por el exagente del Servicio Secreto Matt O'Neill.
Millones en una memoria USB
La transformación, explicó Owen, es radical frente a lo que encontraba durante sus años como agente en Colorado y Arizona. Entonces, el dinero de las organizaciones criminales aparecía en grandes cantidades de efectivo, incluso en bolsas de hockey. Ahora esa misma riqueza puede concentrarse en un dispositivo que cabe en un bolsillo: “Alguien puede tener millones de dólares en criptomonedas que han sido mezcladas cuatro o cinco veces en una memoria USB”.
Para el funcionario, el avance de las criptomonedas como una forma legítima de intercambio también fue detectado por las organizaciones criminales. “A medida que pasa el tiempo y la gente se da cuenta de que las criptomonedas son una moneda legítima, los cárteles también lo han notado”, afirmó. La DEA, agregó, ha tenido que ajustar sus métodos frente a esa adaptación.
Del teléfono a los chats cifrados
El otro cambio está en las comunicaciones. Durante años, una intervención telefónica autorizada por un juez podía convertirse en una de las herramientas más importantes para reconstruir una operación criminal. Ese modelo, explicó Owen, perdió eficacia porque las conversaciones ya no necesariamente permanecen en una llamada telefónica ni en una sola plataforma.
Ahora, relató, los investigadores pueden encontrarse con aplicaciones de comunicación fuertemente cifradas, compañías cuya sede incluso resulta difícil determinar y obstáculos para conseguir información mediante una orden judicial estadounidense. Una conversación puede comenzar por teléfono, pasar después a mensajes de texto y terminar en WhatsApp.
“Ahora tienes una nueva aplicación de comunicación que está cifrada de ocho maneras distintas”, explicó Owen. El problema se agrava cuando los investigadores sólo consiguen una parte del intercambio y deben reconstruir el resto siguiendo el salto de una plataforma a otra.
Ese escenario ha obligado a combinar la investigación tecnológica con métodos tradicionales. Owen sostuvo que los agentes todavía necesitan “ojos en la calle” para vigilar los movimientos de los investigados y relacionarlos con mensajes y conversaciones fragmentadas, de manera que puedan reconstruir el contexto completo de una operación y presentarlo posteriormente ante un tribunal.
Para el director de Operaciones de la DEA, el fondo del problema es una carrera permanente de adaptación porque los cárteles modifican sus métodos y la agencia intenta reducir el tiempo que necesita para reaccionar.