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Por primera vez desde 1980, Mugabe cede parte de su poder a un rival histórico

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El miércoles, el responsable del opositor Movimiento por el Cambio Democrático (MDC), Morgan Tsvangirai, de 56 años, prestó juramento como nuevo jefe del gobierno y prometió “curar a la Nación”. “No podemos permitir una lucha entre hermanos”, exclamó durante su discurso de investidura.

En la misma frecuencia, Mugabe, que el 21 de febrero cumplirá 85 años, y que dirige Zimbabue con mano de hierro desde su independencia, en 1980, tendió “la mano de la amistad y de la cooperación” a su adversario, quien sin embargo en las elecciones generales de marzo de 2008 le asestó un duró revés.

Pero al parecer, esas palabras, no tuvieron demasiada vigencia. El viernes, la ceremonia de investidura del gobierno se vio empañada por la detención de un dirigente cercano a Tsvangirai, que estaba a punto de convertirse en viceministro de Agricultura. Roy Bennet, ex diputado y ex campesino blanco, cuya plantación fue expropiada en el marco de una controvertida reforma agraria, fue detenido y acusado de traición por un hecho que se remonta a 2006. Por entonces, Bennet había sido acusado de orquestar una conspiración contra Mugabe, un cargo a menudo utilizado por el régimen para apartar de su camino a los detractores.

El sábado, el MDC de Tsvangirai acusó a la policía de privar a Bennet de alimentos durante su detención.

El viernes, el anuncio de su detención enfureció a simpatizantes cerca de una comisaría en Mutare (este), a unos 400 km de Harare, a donde fue llevado Bennet tras su arresto.

La detención no impidió que siguiera el acto de investidura, pero opacó la viabilidad del nuevo equipo, un sentimiento que se reforzó por el hecho de que Mugabe eligió a pilares de su antiguo régimen al frente del aparato de seguridad. Considerado como potencial sucesor del presidente, Emmerson Mnangagwa heredó el ministerio de Defensa, un cargo que no le es extraño, pues en los años 80 dirigía los servicios de seguridad cuando se cometió la masacre de unos 20.000 presuntos opositores en la provincia de Matabeleland.

La única pequeña concesión al campo de Morgan Tsvangirai, el ministerio del Interior, que controla la policía, será compartida entre dos co-ministros de cada partido.

Otra sombra en este panorama: unos 30 militantes del MDC del flamante primer ministro siguen detenidos, acusados de terrorismo o de conspiración.

El viernes, Mugabe insistió en que está decidido a trabajar con el MDC. “Cuando digo que quiero trabajar con ustedes sincera y honestamente, así lo pienso”, sostuvo.

Para responder a los analistas que acusan a los halcones del régimen de haber hecho detener a Roy Bennet para boicotear el gobierno de unión, Mugabe agregó: “Quiero creer que cuando mis colegas dicen los mismo, también son sinceros”.

El jefe del Estado zimbabuense podría tener dificultades para convencer a la comunidad internacional, cuya ayuda será decisiva para reactivar un país agotado. El primer ministro británico, Gordon Brown, ya indicó que teme que “Mugabe obstaculice los cambios”.

En todo caso, la situación en Zimbabue es seria. La hiperinflación se cifra en miles de millones porcentuales; el 94% de los adultos están sin trabajo y una epidemia de cólera que se propaga por las ruinas de la red de agua ha causado desde agosto la muerte a más de 3.500 personas.
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