En un país donde el 75% del consumo musical en streaming se concentra en artistas locales, conquistar al público no es una tarea sencilla. Sin embargo, Bad Bunny ha comenzado a romper esa barrera en Brasil, uno de los mercados más cerrados a las estrellas extranjeras. Su desembarco con conciertos agotados en São Paulo marca un punto de inflexión en su expansión global.
Brasil es reconocido por la fortaleza de su industria nacional: samba, funk, sertanejo, pagode y bossa nova dominan listas y festivales. De acuerdo con datos de la industria, es el país que más escucha su propia música. En ese contexto, el ascenso del artista puertorriqueño representa algo más que un fenómeno comercial: es un síntoma de cambio cultural.
¿Por qué Brasil era un territorio difícil?
El idioma ha sido una de las principales barreras. A diferencia del resto de América Latina, Brasil habla portugués, lo que históricamente ha limitado el impacto de canciones en español. Además, existe una tradición sólida de consumo interno que reduce la penetración extranjera.
Hasta 2025, ni el cantante ni sus canciones figuraban entre lo más escuchado en plataformas como Spotify en Brasil. Los rankings estaban dominados por nombres brasileños. Pero esa tendencia comenzó a modificarse con el álbum Debí Tirar Más Fotos, ganador del Grammy.

El efecto Super Bowl y el salto en streaming
La actuación de Bad Bunny en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl impulsó su visibilidad en Brasil. La semana posterior al evento, sus reproducciones crecieron 426% en el país. Canciones como “Yo Perreo Sola” registraron incrementos superiores al 2,500%.
El interés se tradujo en hechos concretos: el concierto programado en el estadio Allianz Parque agotó entradas en horas, lo que obligó a abrir una segunda fecha que también se vendió por completo. Los boletos, cuyo precio oficial oscilaba entre 900 y 3,780 pesos, alcanzaron más de 14,940 pesos en reventa.

Identidad latina y conexión cultural
Más allá de cifras, el fenómeno apunta a una conversación identitaria. En ciudades como São Paulo y Río de Janeiro, el artista ha sido adoptado como símbolo de una afirmación latina. Durante el Carnaval, disfraces inspirados en su estética se volvieron recurrentes.

A diferencia de otras figuras latinoamericanas que han grabado en inglés o portugués para ampliar mercado, Bad Bunny ha mantenido su música casi exclusivamente en español. Esa decisión, lejos de limitarlo, parece haber reforzado su autenticidad ante nuevas audiencias.
Brasil, históricamente impermeable al pop latino en español, comienza a abrir espacio a un artista que conecta desde la identidad regional. El resultado podría redefinir el mapa musical en uno de los mercados más grandes del mundo.