Era el partido de dieciseisavos de final entre Países Bajos y Marruecos, pero también era algo más: el último juego de la Copa Mundial de la FIFA con sede en Monterrey, un adiós que empezaba a tomar forma.
Desde horas antes, los alrededores del Estadio Monterrey llegaron familias completas desde Europa y el norte de África; también paisanos que adoptaron camisetas ajenas por puro amor al futbol.
Los nervios estaban ahí, sí, pero también la confianza: la fe intacta de cada afición en su historia y en su equipo.
No importaba lo que vendría después del silbatazo final. Lo esencial ya había ocurrido: viajar con la familia, cruzar océanos por una camiseta, encontrarse con otros distintos pero iguales en la emoción.
Entender que el fútbol no siempre se trata de ganar, sino de sentir, de pertenecer, de estar.
Y cuando el sol comenzó a bajar, Monterrey entendió que se despedía del Mundial con el corazón lleno. Como mexicanos se abrazó a todos: a la afición neerlandesa, a la marroquí y a todas las que pasaron por esta ciudad.
Porque el fútbol vino del mundo… y Monterrey, una vez más, lo hizo sentir como en casa