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Cómo atraer público a las salas para ver cine que no provenga de Hollywood y su imparable maquinaria de mercadotecnia? Esa parece ser una de las preguntas que ronda gran parte de las producciones que, saben desde un inicio, no tienen grandes presupuestos para promociones titánicas.
Claro, hay muchísimos que no apuestan a los grandes ingresos, frente a lo que esta pregunta pierde relevancia; sin embargo, aplica para quienes buscan la masividad.
No todo el cine local es de arte o documental. Los resultados positivos en industrias en crisis, como la nuestra, salen de un cine que se acerca a géneros convencionalmente comerciales, pero que busca dar un giro que sorprenda a la gente. Cine comercial de calidad, le han llamado.
El último estreno que llega de España es Celda 211, un thriller carcelario que arrasó con los Goya de este año.
La premisa es interesante, así que comenzamos bien. Juan Oliver (Alberto Ammann), un esposo enamorado y futuro padre que acepta un trabajo como guardia de cárcel porque necesita el dinero, el día que llega sufre un accidente por el cual queda inconsciente y es dejado por sus superiores en una celda, porque en ese momento los reos se apoderan de la cárcel.
Cuando Juan despierta no entiende por qué está ahí, pero se da cuenta de su situación y ve que tiene que hacerse pasar por un preso que acaba de entrar o morirá. Conoce al líder de la revuelta, Malamadre (Luis Tosar), a quien le debe probar que es uno de ellos.
Buena manera
Adelantar más de la historia sería un error, porque el gran mérito de Celda 211 es que mantiene la atención del espectador todo el momento y que sorprende porque no toma los giros esperados.
El filme tiene grandes aciertos en el ritmo y en sostener el suspenso en todo momento. Tanto, que se le perdonan los cabos sueltos y ciertas incongruencias que le quitan veracidad a la historia.
Sin embargo, lo más interesante es que no sólo se acerca a la acción para divertir. La película tiene una clara y muy fuerte crítica al sistema carcelario, a la crueldad del trato y la indiferencia de las autoridades, además de plantear un interesante desarrollo de los personajes y los dilemas morales que surgen en estas situaciones.
A pesar de sus errores, se entiende que la gente haya abarrotado las salas por esta cinta, incluso que se hayan enojado porque no fue de las propuestas para el Óscar. La película es divertida sin dejar de ser inteligente, cuestionadora sin ser moralista. Y esa parece ser una muy buena manera de llegar a este "cine comercial de calidad" que tanto se busca.